Cabalgata

Ayer fue día de cabalgata. ¡Sí, sí!, aunque fuera día 15 y falte todavía más de medio mes para los Reyes Magos. Papá Noel estuvo de visita en Valladolid. Con sus grandes carrozas llenas de luces y colores, piruletas de colores y los personajes favoritos de los peques. ¡Con qué alegría y nerviosismo esperan la larga espera hasta que ven aparecer la comitiva! ¡¡Mira, mira, que ya empieza!! Y los adultos miramos con alegría sus caritas.

Y a mí ayer, me hizo recordar los tiempos en los que la carita de ilusión era la mía. En los que esperábamos ansiosos que pasara la Navidad para que llegara la noche de Reyes. Y con ella La Cabalgata, con mayúsculas, porque Papá Noel todavía no nos visitaba. Algunas veces nos llevaban a verla a mi hermana y a mí a Valladolid. ¡Qué diferentes a las de hoy en día! En número de carrozas (¡aunque estaba la más importantes!), sin tanta luz, sólo la que daban las bengalas. Pero sobre todo recuerdo cómo tiraban los caramelos como si fueran piedras, y como nos lanzábamos a por ellos. 

Pero no siempre íbamos a la ciudad a verla. A menudo íbamos al pueblo a ver la cabalgata. Y a los reyes sentados en sus tronos, sobre un remolque que llevaba un tractor al que todos los niños acompañábamos en todo su recorrido. Y al llegar al ayuntamiento, hacíamos cola para sentarnos en la rodilla de nuestro rey mago favorito. Incluso a veces, teníamos la suerte de recibir uno de los regalos que habíamos pedido junto con una bolsita de caramelos. ¡Qué cara de sorpresa la nuestra!

No hay duda, las cabalgatas de las ciudades son más espectaculares, pero para mí, las de los pueblos son mucho más cercanas. ¿Y para vosotros?

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