Misa del Gallo.

DÍA 20.- LA MISA DEL GALLO

Pues sí, ya queda poquito para la misa del Gallo… (que siempre me he preguntado el por qué de ese nombre la verdad, ya que, siendo yo pequeña, me imaginaba un gallo dando misa, o algo similar).

Recuerdo que hubo unos años en los que, inexplicablemente, a mi madre le dio por llevarme a la misa del gallo, no como una oyente más, sino como un ángel o, incluso, ¡como la Virgen María! Sí señores, aquí la que escribe ha pasado por prácticamente todas las figuritas del Belén viviente del trabajo de mi madre… lo que conllevaba estar puntualmente en la misa del Gallo ataviada según el papel que me correspondiese “interpretar” (léase estar plantada en el altar poniendo buena cara durante tooooda la ceremonia). Parece algo sencillo, pero os aseguro que no lo es tanto si tenemos en cuenta que yo era pequeña y a esas horas, y después de una cena copiosa como la de Nochebuena, la cosa se complica.

¡Y qué decir tiene de la cena! Qué estrés por meterme los dieciocho platos que preparaba mi abuela, (entrantes incluidos), a tiempo para vestirme y salir corriendo de casa, puesto que no había misa sin la Virgen presente….

Esto conllevaba un estrés generalizado en la familia: Mis primos que no aparecen por casa porque se están tomando una copita con los amigos, mis tíos corriendo preparando aperitivos, mi abuela de un lado a otro con unos trapos en los pies (este es otro tema que da para mucho… mi abuela Siempre llevaba unos trapos en los pies para ir limpiando el suelo…. En fin)… lo que, irremediablemente, terminaba como no podía ser de otro modo: con mi abuela aterrizando con la bandeja de los quesos y patés en mitad del suelo del pasillo.

Tiempo de paz dicen… ¡tiempo de estrés!

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