Si transito por los corredores de la infancia, recuerdo a mi hermano como compañero de juegos; era un buen aliado para hacer múltiples travesuras. La verdad, éramos muy trastos, nos pegábamos, corríamos por toda la casa, nos alborotábamos como huracanes riendo con la algarabía propia de los cachorros. A veces llorábamos simplemente por escuchar ruido.
Para completar la escena tengo que hablar de mi madre, si hubiera habido en los juegos olímpicos “lanzamiento de zapatillas” habría ganado varias medallas de oro. Socavábamos su paciencia, pobre… pero ella tenía una estrategia infalible para calmar nuestros arrebatos turbulentos durante dos meses. Cuando comenzaba Noviembre decía: “tenéis que portaros bien, los pajes de los Reyes Magos ya están vigilando a los niños, y todos aquellos que se porten mal no tendrán Navidad, y se quedarán sin regalos”. Era infalible, comenzábamos a portarnos maravillosamente bien. En clase mejorábamos, nos cuidábamos de ser más diligentes cuando nuestra madre nos requería, e incluso nos acostábamos a las nueve sin protestas. Nuestras mentes infantiles imaginaban ojos que nos observaban, nos vigilaban día y noche; eso sí, no teníamos miedo, los Reyes Magos y sus pajes eran los personajes más benéficos que conocíamos, y nos dejaban regalos, y una navidades divertidas.
Sí, la jugada de nuestra madre era magistral, auténtica magia, familiarmente la llamamos “el chantaje de portarse bien en Navidad”
