Hasta hace muy pocos años era habitual escribir “Postales de Navidad”. Si dejo volar la imaginación al periodo de la infancia, recuerdo a mi padre escribiendo un montón de felicitaciones, tanto a los que vivían lejos, como a los que vivían en la misma ciudad. Se trataba de enviar burbujas de buenos deseos para todos. Tenía un gran sentido del humor, una caligrafía preciosa, y una redacción barroca que deseo compartir con vosotros. Todas sus postales comenzaban: “Espero que al recibo de la presente estéis bien, nosotros bien gracias a Dios”, seguía con algún chascarrillo como “por estas tierras tenemos nieblas para que nadie vea que no tenemos nieves… pero ha dicho el alcalde que están ahorrando para comprarla el año próximo”, y siempre terminaba así “recibid un abrazo de esta vuestra familia que lo es”.
Lo desagradable era pasar la lengua para pegar los sellos, tarea que me encargaba siempre, y me parecían millones de misivas. El sabor del pegamento no era exquisito, pero a pesar de ello, todo se contagia, y con peor caligrafía he seguido enviado postales durante años. Ahora suelo escribir algo personal para enviarlo por WhatsApp, y aún envío alguna “Postal de Navidad”.
¡Tengo esa impronta romántica!
La práctica de la escritura de cartas y de postales, forman parte de las tradiciones orales y escritas, y son valoradas como patrimonio cultural inmaterial, porque son objetos de importancia histórica y sentimental.
