Diciembre es un mes con aromas, los olores a frío, a navidad, a encuentro, a calor y café, a chocolate, a castañas asadas, y ese incienso a “rosquillas fritas” pegado al alma.
Ella, allí, alimentando el calor de la bilbaína para caldear la casa, entreteniendo nuestras travesuras con harina y horno. Reunía a la chiquillería de la familia y, sobre taburetes, nos ponía manos a la obra. Cada cual con su cazo y sus ingredientes. Hacíamos montones de rosquillas, cada niño las contaba para luego llevárselas a casa. Nosotros nos quedábamos con tres montones, el de mamá, el de mi hermano y el mío.
Ella, nos tiznaba la nariz de harina, nos dejaba untar el dedo en anís y probarlo, nos dejaba manosear la masa haciendo formas. Cantábamos villancicos para realzar el sabor de la tarea, dábamos palmas haciendo nubes de harina, y aunque faltaban muchos días para el día 24, los niños ya estábamos en un ambiente de encuentro y alegría. Nos reuníamos con nuestros primos muchas tardes, y jugábamos al escondite, a las adivinanzas y a la “Oca”. Merendábamos juntos, y nos partíamos de la risa cuando mamá decía: “¿quién quiere el centro de las rosquillas?”
Sigo preguntándome por qué nadie quería el agujero. Y sigo admirándome de su paciencia, de su hacerse niña para que nosotros lo fuéramos.
